A Alice Milliat los hombres le explicaban cosas. Le decían que las mujeres no eran buenas deportistas, que no podían participar en los Juegos Olímpicos. Pero ella hizo oídos sordos y luchó para demostrar que no tenían razón. De esa forma, cambió la historia del olimpismo. Nació en Nantes (Francia) en 1884, un año bisiesto. Sus padres regentaban un colmado en el centro de esta ciudad atravesada por el Loira, donde unas cuantas décadas antes, en 1828, había nacido otro visionario, Julio Verne. Pero Alice Milliat no imaginó viajes submarinos o al centro de la Tierra, sino algo igual de impensable en aquel momento: la igualdad de mujeres y hombres en el ámbito deportivo.

«La desigualdad existe desde los inicios de la práctica deportiva. En el siglo XIX, el deporte moderno fue creado por hombres para hombres, sin dejar espacio a las mujeres. Al principio, militares y burgueses eran quienes lo practicaban, y su propósito era mostrar virilidad y masculinidad. Las mujeres siempre eran excluidas: su único papel era condecorar a los ganadores. Los hombres las veían como ‘gallinas ponedoras’, cuyo único propósito era dar a luz», explica Laetitia Usse, de la Fundación Alice Milliat, creada en París en 2016 para impulsar el deporte femenino y que con su nombre recuerda a esta pionera. Milliat estudió para ser maestra y a los 20 años se casó y se fue a vivir a Londres con el comercial Joseph Milliat, que falleció solo cuatro años después. Desde niña había practicado con destreza distintos deportes, fue nadadora y jugadora de hockey, y en la ciudad del Támesis se entrenó como remadora. También aprendía idiomas con facilidad –llegó a hablar siete–, algo que la ayudó a conseguir lo que se convirtió su objetivo vital: impulsar el deporte femenino.

Alice Milliat, retratada mientras entrenaba en 1920. Foto: Fondation Alicie Milliat/Agence Rol

En 1894 el barón Pierre de Coubertin había creado el Comité Olímpico Internacional (COI), y dos años después se celebraron en Atenas los primeros Juegos Olímpicos de la era moderna. Corría 1915 cuando Milliat se alzó como la primera presidenta del club deportivo femenino francés Fémina Sport; organizó la primera carrera campo a través para mujeres y también competiciones futbolísticas. Ella misma batió récords deportivos: fue la primera mujer en recorrer remando 80 kilómetros en el Sena en menos de 12 horas. «Su objetivo era que las mujeres pudieran participar plenamente en todos los deportes y que todas las deportistas se implicaran en ello», subraya Usse. Por eso, añade, «Milliat se convirtió en la portavoz de la causa de las mujeres en el mundo deportivo y eso perturbó el orden reinante, hasta el punto de inquietar a Pierre de Coubertin».

Como recuerdan la periodista de TVE especializada en olimpismo y deporte femenino Paloma del Río y Juan Manuel Surroca en su reciente libro Más que olímpicas (Cúpula), «el sacrificado papel de la mujer en la Primera Guerra Mundial avaló la tesis de Milliat de que, si estas eran aptas para las duras tareas en las fábricas mientras los hombres combatían a muerte en el frente, también estaban capacitadas para competir deportivamente, y no entendía la oposición del COI a su presencia en los Juegos Olímpicos». Y ahí fue cuando Alice Milliat decidió marcar sus propias reglas: en 1922 instituyó en París los Juegos Olímpicos Femeninos, su respuesta a la cerrazón del COI. En 1926 volvieron a celebrarse en Suiza, y fueron un éxito de participación y de asistencia. Eso demostró que sí había interés por el deporte femenino, pero Milliat continuó encontrándose con la oposición de los gerifaltes de la época. Usse recuerda que «para los hombres era inconcebible que una mujer pudiera estar a la altura de practicar un deporte, pensaban que no estaban preparadas, que eran demasiado débiles», y precisa que el famoso Pierre de Coubertin «consideraba que las mujeres no tenían cabida en el ámbito deportivo, en 1925 dijo: ‘Una Olimpiada femenina sería poco práctica, falta de interés, sin atractivos e impropia. El héroe olímpico real, en mi opinión, es el hombre adulto. Los Juegos Olímpicos deberían ser solo para hombres, el papel de las mujeres debería ser, principalmente, coronar a los ganadores».

Milliat, en uno de los jurados de los Juegos Olímpicos de 1928 en Ámsterdam. Foto: Fondation Alice Milliat/BNF

Solo tres años después De Coubertin vio cómo sus palabras eran enterradas por una nueva realidad: en los Juegos Olímpicos de Ámsterdam de 1928 las mujeres fueron incluidas en cuatro pruebas atléticas. Tuvo que ver la presión de la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF), que temía la consolidación de unos Juegos femeninos y negoció con Milliat los términos del acuerdo. En aquel momento, Milliat, que tenía 44 años, logró un nuevo hito: se convirtió en la primera mujer en formar parte de un jurado olímpico. Se sentó a la mesa de los hombres –también en sentido literal, una imagen en blanco y negro recuerda aquel momento– y tuvo un poder de decisión que dio un giro a la historia olímpica. «Pero en 1932 no formó ya parte de los jurados y Francia envió solo a dos mujeres a Los Ángeles. Milliat cayó en el olvido. Viuda y sin hijos, murió anónimamente el 19 de mayo de 1957, a los 73 años», lamenta Ussé.

Su legado, ignorado durante décadas, es reivindicado ahora. La fundación que lleva su nombre impulsa el deporte femenino, sigue la estela marcada por Milliat: «Nacimos para dar una respuesta a las desigualdades, para mejorar asuntos como la cobertura mediática del deporte femenino, amateur o profesional, porque todavía queda un largo camino por delante y es necesario dar a conocer a referentes para millones de chicas jóvenes». Para ampliar su acción al ámbito europeo, forman parte del programa Erasmus+Sport, y trabajan para cambiar cifras y porcentajes en competiciones y presencia informativa. Eso mismo ha llevado a Paloma del Río a reivindicarla en su libro, junto a otras pioneras del deporte femenino, como Charlotte Cooper o Lottie Dod. Para la periodista, Milliat es un referente cuya historia debe contarse y estudiarse: «Ella fue una mujer pionera, valiente, que se plantó ante Pierre de Coubertin y reivindicó el papel de la mujer en el mundo del deporte, y lo hizo creando unos Juegos paralelos, con gran chanza e ironía del COI de ese momento, que pensaba que iban a ser un desastre, y ocurrió todo lo contrario. Si no se hubiera integrado a las mujeres seguramente hubieran seguido los Juegos femeninos en paralelo, la historia hubiera sido distinta. Y eso hubiera sido algo bastante incongruente para los valores que predicaba el COI».

Looks like you have blocked notifications!