La vida en una burbuja condiciona la forma de relacionarse del niño, “tanto con el resto de las personas, como con el entorno, impidiéndole desarrollar adecuadamente las habilidades sociales. Asimismo, puede ser muy perjudicial para la autoimagen, la autoconfianza o la autonomía del niño, lo que podría traducirse en conductas como baja autoestima, inseguridad, indecisión o dificultad en la toma de decisiones, baja tolerancia a la frustración y dificultades de adaptación. Por otra parte, la intensidad y la duración de dicha burbuja puede llegar a convertir al niño en un adulto con el síndrome de Peter Pan, o un eterno niño que no quiere crecer”, añade Viktoriya Vassileva.

La diferencia de los niños sobreprotegidos antes de la pandemia es que “el aislamiento era compensado por parte de los padres con otro tipo de actividades lúdicas, creativas e incluso educativas, tanto dentro de casa como, aunque en menor medida, fuera del hogar. En muchos casos, no se trata de aislar a los hijos, sino de tener un control sobre todos los ámbitos de su vida. Cuando este control se lleva a cabo con un objetivo en positivo, muchos padres se implican enormemente en todas las actividades de sus hijos”, explica la pedagoga.

Cómo es el entorno de un niño burbuja

La casa de un niño sobreprotegido es el reflejo del miedo extremo de sus padres de que a su hijo le ocurra algo que ponga en riesgo su vida. “El entorno siempre suele estar lleno de medidas preventivas frente a cualquier tipo de incidente que pudiera ocurrir, como con esquinas tapadas en casa para que el niño no se golpee en la cabeza, puertas con seguros para que no se pille las manos, enchufes tapados, nada de cristal para que no se rompa y se clave. Estas prevenciones podrían parecer normales con los niños pequeños, pero cuando son más mayores, pasan a ser innecesarias. Por lo tanto, si los progenitores las siguen manteniendo, es como consecuencia de un estilo educativo sobreprotector. Otros condicionantes de un entorno muy controlado serían evitar que el niño acuda a eventos con los amigos o familiares por miedo a lo que pudiera ocurrir, que no coma alimentos muy duros por si se atraganta o que el niño no tenga patinete ni bici por si se cae”, comenta Ana López López, psicopedagoga y especialista en neuropsicología educativa.

La pandemia ha resultado ser un caldo de cultivo favorable para un sistema educativo sobreprotector. “Algunos padres han encontrado la excusa perfecta para dejar de hacer ciertas actividades, como ir a cumpleaños, sacar al niño al parque o dar un paseo, incluso, les ha permitido poder hacer cosas con más naturalidad y menos cuestionamientos, como limpiar en exceso a los niños por miedo a los gérmenes o mantener una higiene excesiva en casa. Además, poder tener a los niños quietos delante de una pantalla es el mejor aliado para evitar poner en riesgo su integridad física, que es el mayor miedo de los padres sobreprotectores. Por lo tanto, anteponen la integridad física, al bienestar emocional, social y psicológico de sus hijos”, explica Ana López.

Los progenitores sobreprotectores con sus hijos no suelen ser conscientes de ello y “necesitan ayuda de alguien cercano que les abra los ojos. Las señales que pueden indicar que los padres protegen en exceso a sus hijos pasan por actitudes y comportamientos del pequeño, como que esté más preocupado de lo habitual para un niño de su edad por cosas como caerse si corre, que sea muy miedoso, que no tenga iniciativa, se muestre inseguro y tenga una baja autoestima. Si estos niños de pequeños siempre estaban escuchando cuidado que te vas a caer; cuidado que lo vas a tirar; cuidado que te vas a hacer daño, cuando sean mayores, cada vez que quieran tener iniciativa y hacer algo, lo llevarán a cabo desde el miedo a lo que pueda pasar; desde la prevención, porque les han enseñado a enfrentarse así a las cosas, con miedo”, concluye la especialista en neuropsicología educativa Ana López.

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