Cuando éramos romanos nos encantaba el agua. Los negocios, el deporte y las conversaciones, además de la higiene, se hacían allí, en las termas. Por un módico precio se entraba a estos baños públicos en turnos alternativos de hombres y mujeres. Del distribuidor se accedía a los vestuarios, las salas de baño caliente (caldarium), la sala de baño templado (tepidarium), el gimnasio (palestra) y el centro protagonista del conjunto, la piscina (natatio). Las termas no faltaban en grandes capitales como Tarraco, Córdoba o Mérida. Lo que la arqueología no esperaba encontrar en una ciudad portuaria como Ilici, que hoy conocemos como La Alcudia, en Elche (Alicante), eran unas termas monumentales. Los investigadores de la Universidad de Alicante de momento han descubierto una de las tres natatios más grandes que se conservan en la península.

“Tan bien conservadas como estas no hay tantas. Tienen un valor patrimonial incalculable y apenas hemos excavado 2.000 metros cuadrados de los 5.000 que debe tener el conjunto completo”. Habla Jaime Molina, arqueólogo y catedrático de la Universidad de Alicante, institución propietaria desde hace 25 años del terreno en el que se encontró en 1897 la Dama de Elche. La fama y las polémicas de la pieza icónica de la arqueología española han ocultado un yacimiento extraordinario por los asentamientos que se acumulan, su estado de conservación y todo el terreno que está pendiente de destripar.

Además es excepcional porque es propiedad de la universidad alicantina. Esto la convierte en la única en el país y de las pocas en el mundo que cuentan con un yacimiento arqueológico entre su patrimonio. La universidad adquirió los terrenos a los dueños originales, la familia Ramos Fernández. “Antes era un campo de minas y ahora ya se puede visitar, con un discurso ordenado, un plan director, un laboratorio y un museo”, explica Francisco Javier Jover, profesor titular de Prehistoria y director del Instituto de Arqueología y Patrimonio Histórico (INAPH) de la Universidad.

El máximo responsable del yacimiento cuenta que de las diez hectáreas hasta el momento se ha excavado un diez por ciento, en 80 campañas. De hecho, está pendiente por emerger el foro de la ciudad. Una vez se abandonó el asentamiento urbano con la llegada musulmana, aquel terreno se convirtió en un campo de labranza y se conservó intacto hasta que emergió en 1897 la preciada pieza. La Alcudia es como un gran ‘sándwich’ en el que a la colonia romana se le superpone el gran asentamiento íbero y en el que hay constancia de habitantes desde el siglo quinto antes de Cristo. Julio César otorgó la categoría de colonia a Ilici en el siglo I, y hasta el siglo II fue un centro muy rico del que partían barcos de 500 toneladas, cargados de miles de ánforas de aceite y vino, con destino a Italia. “Barcos de esas dimensiones no se volvieron a ver hasta el siglo XVII”, comenta Jaime Molina, que también participa de las excavaciones del navío Bou Ferrer, hallado a un kilómetro de la costa de la Vila Joiosa (Alicante), sumergido a treinta metros y con cerca de 5.000 ánforas. “Es el más grande hallado en el Mediterráneo”, añade. Ahora, el pecio que también portaba los lingotes de plomo de mayor tamaño de la época está en trámites de ser museizado.

El presupuesto que tiene el INAPH para gestionar este yacimiento es de 400.000 euros anuales. La mayor parte proviene de los fondos de la Universidad, pero el Ayuntamiento también colabora. “Es poco dinero. Necesitamos que la Generalitat de Valencia se implique y apoye económicamente nuestras campañas de investigación, la conservación y difusión de los hallazgos. Además necesitamos la complicidad de las empresas de la zona, que tiene una industria del calzado muy fuerte. Desde la universidad hemos tratado de captar su atención, pero es muy difícil porque no ven beneficios publicitarios”, relata Jover. El foco de La Alcudia se lo quedó la Dama. “No entendemos por qué la Generalitat no invierte un euro en uno de los diez lugares históricos de referencia de esta comunidad. Lo hemos intentado pero no ha sido posible”, indica el director del yacimiento, que señala la importancia de las termas orientales que van haciendo emerger, con cuentagotas desde hace tres años.

“La arqueología es lenta porque hay poco dinero. Todos nuestros trabajos los financia la universidad como puede y solo podemos excavar uno o dos meses al año. Pero si tuviéramos presupuesto para hacerlo un año entero, lo haríamos y avanzaríamos una década de trabajo”, dice Jaime Molina. El director de la campaña que se encarga de destapar las termas recuerda que fueron descubiertas a finales de los años noventa, pero solo una pequeña parte. Y no se continuó. “Son cinco veces más grandes de lo que se creía entonces”, dice. Cuando todavía no eran propiedad de la universidad, el arqueólogo se acercaba a aquellas pequeñas termas y observaba junto a ellas una piscina gigante. “No tenía sentido. Ahora hemos descubierto las termas de esa piscina. Las otras eran menores. Gracias a esto entendemos que Ilici se había convertido en un gran centro económico, en la época del gran comercio y con una población que se multiplicó. Las termas tuvieron que crecer irremediablemente para atender a todo ese público”, cuenta Molina.

En la última campaña han seguido apareciendo mosaicos polícromos extraordinarios en la zona de acceso al complejo, en un largo pasillo y un distribuidor pavimentado con un impresionante mosaico de teselas que imitan placas de mármol. El conjunto termal se articula en torno a un patio central porticado y en cuyo centro se encuentra la natatio. “En un lugar de clima benigno como Ilici, esta piscina adquiere un protagonismo y dimensiones fuera de lo habitual, es el verdadero centro de esparcimiento. Tiene unas dimensiones de 11 metros de largo por ocho de ancho (y dos metros de profundidad) y está completamente pavimentada por una gruesa y uniforme capa de un resistente mortero romano hecho a base de cal, agua y arena, al que se le añade cerámica machacada como impermeable. Eso le da el aspecto rojizo tan característico”, subraya Molina. Además presenta cuatro escalones en perfecto estado de conservación para entrar y salir de la piscina, así como los bordillos laterales y un banco para sentarse que rodea todo el fondo.

El auténtico protagonista del conjunto es el agua. Los arqueólogos llaman la atención sobre las medidas de control de las aguas pluviales que han encontrado: la piscina presenta un canal de rebose para controlar el nivel máximo, especialmente en momentos de fuertes lluvias. “El conocido carácter torrencial de las lluvias en esta zona explicaría la construcción de la impresionante red de alcantarillado que encontramos debajo de las termas”. Es una profunda cloaca abovedada realizada con unos potentes muros de mampostería encofrada, que en algunos tramos llega a alcanzar una altura de 1,30 metros y una anchura de casi un metro. Hay tres bocas de desagüe hechas en piedra tallada que drenaban las fuertes lluvias.

Hace unos días el presidente de la Generalitat Valenciana, Ximo Puig, declaró que el ministro de Cultura y Deportes, Miquel Iceta, se mostró “receptivo” a la cesión de medio año del busto ibérico, conservado en el Museo Arqueológico Nacional (MAN), que provocó la dimisión de la directora de Bellas Artes, Dolores Jiménez-Blanco. Las declaraciones contradecían a las previas de Iceta, que para calmar el terremoto por la dimisión aseguró que no era “muy partidario” de poner en riesgo “algunas piezas”. Si la orden de salida del MAN de la Dama de Elche ya estuviera firmada, iría al Museo de Elche. Y esto no convence a los arqueólogos de La Alcudia. “¿Dónde debería exponerse la pieza: en el Museo de La Alcudia, junto con el resto de objetos encontrados en el yacimiento, o en una sala de exposiciones en el centro de Elche? Si tuviera la capacidad de decidir diría que en La Alcudia. Pero en ningún caso soy partidario de desmontar ningún centro museístico del siglo XIX”, explica Francisco Javier Jover.

Sonia Gutiérrez es catedrática de la Universidad de Alicante, arqueóloga y exdirectora del INAPH, y asegura que se echa de menos a la Dama de Elche como la gran ausente y por eso se invisibiliza el resto. Llama la atención sobre la tábula de Ilici, una placa de bronce que se usó como documento catastral, un registro de la propiedad de entonces. Solo hay dos en el mundo, la otra está en Orange (Francia). Para la experta Ilici fue una ciudad que se fagocitó continuamente. “Es un yacimiento importante pero lleno de clichés y deberíamos invertir para que hablara la historia de la tierra sin prejuicios. Es un lugar lleno de fetiches con ansia por encontrar más damas. Lo malo no es el fetiche de la Dama, sino la sombra que proyecta y oculta sobre La Alcudia. Necesitamos liberarnos de los mitos”, resume Sonia Gutiérrez.

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